Lo de levantarte cada día para responder por las incompetencias de otros, es jodido. Después de mucho meditar, he llegado a la conclusión de que no se trata de que todas esas personas de las que se quejan los clientes o los propios dirigentes de la empresa, sean seres intrínsecamente malvados, sino de un fallo de la sistémico en uno de los aspectos de la persona.
Creo que si decides construir vehículos y sacar muuucho dinero con ello, tu responsabilidad moral, adulta y madura te exige que respondas como es debido a los defectos crónicos de tus productos. Lavarse las manos o no responder a los clientes es una actitud de lo más pueril y lamentable y yo no lo considero otra cosa que una disfunción del sistema de competencia personal. El problema es, que resulta más fácil y ventajoso ampararse tras una pantalla de teleoperadores que se coman las ostias, mientras sacas nuevas campañas publicitarias para atraer a la gente, en vez de invertir ese dinero en dar soluciones a aquellos a los que le estás jorobando la vida. Y todo simplemente porque esa inversión en publicidad atrae nuevos clientes potencialmente compradores, mientras que emplearlo en solucionar problemas de aquellos que YA gastaron su dinero, es más o menos como tirarlo.
Así pues somos testigos de que a día de hoy lo verdaderamente importante no son las personas ni el bienestar de los demás, si no llenarse el bolsillo de dinero a más no poder y exprimir el sistema legal al máximo para que sirva a estos propósitos de aumentar, hasta reventar, el margen de beneficios.
Como auto-respuesta a la pregunta del encabezado, por recomendaciones del médico me quedo con la primera, pues aumenta mi autoestima en detrimento de la que siento por esos otros y se rebajan mis índices de misantropía, todo ello claro con el consecuente beneficio para mi salud derivado de la generación de ondas positivas y la omisión de aquellas más negativas.
Si lees esto no me responsabilizo de los daños colaterales que sufra tu cerebro, ¿queda claro?
lunes, 23 de abril de 2007
¿Incompetencia crónica ó simple villanería?
Etiquetas:
Memorias dun ex-teleoperador
LXXVI. La noche
Lenguas de ardiente sol que gritan desconsuelo,
la penumbra cubre la tierra
y de azabache tiñe el cielo.
Rugido itinerante de esa bola incandescente
que por su amor al puro firmamento,
cae llorando, cae inerte.
El calor se va agostando,
la vida viva se entumece,
la mortaja de obsidiana cubre el mundo,
las criaturas bastardas cobran vida
y la luz desaparece.
Enredado en su eterno delirar,
miro absorto el cielo y las estrellas
de este cielo embovedado,
que clama soledad y que ansía liderar
este aire impío y gastado.
El color queda enterrado
por la escarcha de la muerte,
que a su paso domina y cubre
como un tapiz voraz e irreverente.
Dios solar que de vida preñas al mundo,
¿Dónde queda relegado tu poder?
¿Donde hallarse puede tu otrora magia
si cobarde enmudeces hasta desaparecer?
Dios solar que languideces,
¿Qué retazo de vida me dejas
cuando el terror de la noche me envuelve,
cuando caigo presa de su gracia
y su manto de locura salvaje
me posee y envuelve?
la penumbra cubre la tierra
y de azabache tiñe el cielo.
Rugido itinerante de esa bola incandescente
que por su amor al puro firmamento,
cae llorando, cae inerte.
El calor se va agostando,
la vida viva se entumece,
la mortaja de obsidiana cubre el mundo,
las criaturas bastardas cobran vida
y la luz desaparece.
Enredado en su eterno delirar,
miro absorto el cielo y las estrellas
de este cielo embovedado,
que clama soledad y que ansía liderar
este aire impío y gastado.
El color queda enterrado
por la escarcha de la muerte,
que a su paso domina y cubre
como un tapiz voraz e irreverente.
Dios solar que de vida preñas al mundo,
¿Dónde queda relegado tu poder?
¿Donde hallarse puede tu otrora magia
si cobarde enmudeces hasta desaparecer?
Dios solar que languideces,
¿Qué retazo de vida me dejas
cuando el terror de la noche me envuelve,
cuando caigo presa de su gracia
y su manto de locura salvaje
me posee y envuelve?
La Fiesta
Odiaba las celebraciones, y más aún aquellas que tenían por objeto enaltecer o ensalzar mi propia persona. Siempre he visto como un ridículo ejercicio de futilidad estas reuniones “compromisales” en las que la gente se reúne con una excusa vacua y diáfana. Ya desde pequeño y pese a ser colmado de regalos, veía sin sentido las reuniones familiares propiciadas por la llegada de mi cumpleaños, que siempre he considerado referente del paso del tiempo y del tímido acercamiento de una más que ineludible muerte.
La última exposición de fotografía fue todo un éxito y se convirtió en el empujón definitivo para hacerme un hueco en el estrellato de aquella pequeña ciudad que se hallaba apartada de la civilización, en mitad de la nada. El ricachón de la ciudad, cuyo pasatiempo preferido para despilfarrar dinero era organizar fiestas, había decidido que mi súbito ascenso a la escena local le interesaba suficientemente como para poner en práctica su número de exhibición de falsa amistad, ese que consistía en premiar con una fiesta al incipiente famoso y poder salir así al día siguiente retratado con él, en actitud fingidamente cordial, en las fotos de la prensa.
Gentileza de mi nuevo amigo al que aun no conocía en persona, un cochazo de esos largos y oscuros me recogió en mi domicilio para llevarme entre algodones hasta la mansión de estilo moderno del archipastoso. Ya en las inmediaciones se presentía el alboroto organizado por los fotógrafos que se agolpaban frente a la verja como cachorros hambrientos pujando por atrapar en sus bocas una mama.
Mi anfitrión estaba allí, atrayendo la atención sobre sí, henchido de prepotencia y vanidad. Casi prefería ni imaginar la de mentiras que ya habría contado sobre nuestra nula relación. Salí de la limusina reajustando mi traje y de tras posar un pie en tierra los objetivos de las cámaras fotográficas giraron hacia mí al unísono como cabezas de gacelas aterradas por la cercanía de un depredador. Todas aquellas aberturas que apuntaban hacia mí parecían ojos indiscretos e inhumanos que miraban sin mirar poniendo a prueba mis acciones. Mi temperatura corporal montó considerablemente y todo movimiento se convirtió en una maniobra difícil y calculada susceptible de aprobación por parte de mis observadores. Una caída sería fatal...
Anduve con paso firme. Cada movimiento hacía parecer que aquellas piernas pesaban toneladas. Cuando llegué a reunirme con aquel que con tanta ansia me esperaba, cientos o quizá miles de impactos de flash habían reducido ya mi percepción de la realidad a meras formas burdas y deformes. “Mi amigo” me agarró por el hombro y como a una marioneta me posicionó allí donde debía estar para corresponder con lo anteriormente retratado en con otros foto-asaltos. Ambos sonreímos y yo básicamente me dejé llevar.
En algunos minutos los paparazzi quedaron atrás mientras caminábamos hasta llegar a su morada. Un generoso ventanal, de muchos metros de largo, mostraba el movimiento sinuoso y delicado de muchas personalidades que ya tuvieron su momento de gloria fotográfica en anteriores e idénticas celebraciones en “su honor”.
Una vez dentro, la tenue iluminación caracterizada por pequeños focos rojizos y la agradable música suave de piano, me condicionaron lo suficiente como para pensar que aunque fuera una patética idea, al menos tendría la ocasión de pasar una ocasión agradable. Pronto los rostros de personalidades ya consagradas de la ciudad me mostraban deferentes sus sonrisas, haciéndome sentir estúpidamente parte de ellos, de su grupo de élite social que tanto he repudiado siempre. Después de todo, me dije que no era demasiado malo si juzgaba por mí mismo y disfrutaba un rato. Escrutaría a la gente y trataría de atraer la atención e interés de alguien que pudiera ayudarme en mi carrera para consolidarme aquí y dar el salto a una gran ciudad. Era una idea repugnante en sí misma, pero era mejor no lamentar el desaprovechar oportunidades. Después de todo, ¿quién no ha chupado unos cuantos culos o incluso pollas? Quizá el fin justifique los medios...
El tiempo avanzó deprisa pues pronto atraje la atención de todos y cada uno de los presentes. A fin de cuentas yo era el protagonista y todos parecían conocedores de ello. Palabras desmesuradamente amables, sonrisas lascivas que podrían encerrar otras intenciones y que se mostraban igualmente rostros femeninos como masculinos. Aquellas gentes resultaban inexplicablemente cercanas y agradables. Lo más extraño de todo es que todos sin excepción daban la inquietantemente sensación de ser sinceros, y esa situación despertaba una incómoda sospecha en mi interior.
Las copas y los canapés se fueron acabando, la hora de la cena llegó y rápidamente nos fueron conduciendo hasta el comedor. El lujo cobraba en él su más clara representación; las paredes eran de mármol rosado rematado con columnas negras como el infinito. La mesa era magnífica, grandiosa, llena de cubiertos de plata escandalosamente brillantes, y rematada por una lámpara de araña, apagada, coronaba por incontables trozos de cristal y absurdas filigranas que debieron enloquecer a su hacedor. Había otra mesa de un lujo mucho menor situada cerca de la pared en perpendicularidad con la otra que estaba cubierta por un manto escarlata que ocultaba misteriosos manjares. La iluminación provenía de unas discretas velas situadas en las paredes, que transmitían un ambiente íntimo y encantador.
Distraído, deambulé por detrás de las sillas de ébano sin percatarme de que mi sitio ya estaba asignado, presidiendo tal homenaje a la suntuosidad. Me senté tímido, como pensando que hacía algo indebido a pesar de ver mi nombre allí escrito con letras cargadas. Pero por algún motivo me sentía como aterido por una sensación de torpeza y vergüenza infinitas que me impedían hacer un solo gesto con la esperada naturalidad, como si cepos de carne sudorosa me retuvieran.
En unos instantes los todos los comensales estaban sentados, como si tal ejercicio fuese algo de su costumbre. Hablaban por lo bajo con sus vecinos y dejaban escapar algunas miradas traviesas en mi dirección que me hacían ruborizar. Entró en escena nuestro anfitrión y todos guardaron un silencio sepulcral e incondicional de súbito y al unísono. Los instantes transcurrieron mientras las miradas de los presentes eran atraídas hacia el lado de la habitación que se hallaba en oposición diametral al lugar que yo ocupaba. Acto seguido hizo aparición un tipo encapuchado de torso generosamente musculado y desnudo, que se situó entre la mesa de la comida y la pared captando la atención de todos los comensales. “Para ser cocinero o camarero tiene un estilo particular”, pensé.
Con un gesto rápido y enérgico quitó la manta que cubría la mesa. Mi sorpresa fue total cuando lo que se descubrió bajo ella no era comida sino una mujer, joven, desnuda y atada con grilletes por las muñecas y los tobillos. Su piel blanca nívea contrastaba con el ébano de la mesa y su cabeza reposaba indicando que al menos se hallaba inconsciente. El hombre encapuchado a cogió de la barbilla y meneó su cabeza como si fuera un sonajero, con total falta de delicadeza. La chica abrió los ojos como con desorientación y miró en derredor. Enseguida su mirada se transformó en pánico mientras sus ojos orbitaban en todas direcciones. O era muy buena actriz o realmente le aterraba aquella situación. Abrió la boca, gesticulaba y mostraba sus dientes como tratando de gritar, pero ningún sonido brotaba de aquella garganta. El encapuchado cogió un hacha de carnicero enorme que debía pesar toneladas. El anfitrión habló y de pronto las caras de todos los presentes me regalaban su mirada demente y una sonrisa malsana.
-Es hora de que nuestro nuevo invitado participe en el banquete, o forme parte de él...
La última exposición de fotografía fue todo un éxito y se convirtió en el empujón definitivo para hacerme un hueco en el estrellato de aquella pequeña ciudad que se hallaba apartada de la civilización, en mitad de la nada. El ricachón de la ciudad, cuyo pasatiempo preferido para despilfarrar dinero era organizar fiestas, había decidido que mi súbito ascenso a la escena local le interesaba suficientemente como para poner en práctica su número de exhibición de falsa amistad, ese que consistía en premiar con una fiesta al incipiente famoso y poder salir así al día siguiente retratado con él, en actitud fingidamente cordial, en las fotos de la prensa.
Gentileza de mi nuevo amigo al que aun no conocía en persona, un cochazo de esos largos y oscuros me recogió en mi domicilio para llevarme entre algodones hasta la mansión de estilo moderno del archipastoso. Ya en las inmediaciones se presentía el alboroto organizado por los fotógrafos que se agolpaban frente a la verja como cachorros hambrientos pujando por atrapar en sus bocas una mama.
Mi anfitrión estaba allí, atrayendo la atención sobre sí, henchido de prepotencia y vanidad. Casi prefería ni imaginar la de mentiras que ya habría contado sobre nuestra nula relación. Salí de la limusina reajustando mi traje y de tras posar un pie en tierra los objetivos de las cámaras fotográficas giraron hacia mí al unísono como cabezas de gacelas aterradas por la cercanía de un depredador. Todas aquellas aberturas que apuntaban hacia mí parecían ojos indiscretos e inhumanos que miraban sin mirar poniendo a prueba mis acciones. Mi temperatura corporal montó considerablemente y todo movimiento se convirtió en una maniobra difícil y calculada susceptible de aprobación por parte de mis observadores. Una caída sería fatal...
Anduve con paso firme. Cada movimiento hacía parecer que aquellas piernas pesaban toneladas. Cuando llegué a reunirme con aquel que con tanta ansia me esperaba, cientos o quizá miles de impactos de flash habían reducido ya mi percepción de la realidad a meras formas burdas y deformes. “Mi amigo” me agarró por el hombro y como a una marioneta me posicionó allí donde debía estar para corresponder con lo anteriormente retratado en con otros foto-asaltos. Ambos sonreímos y yo básicamente me dejé llevar.
En algunos minutos los paparazzi quedaron atrás mientras caminábamos hasta llegar a su morada. Un generoso ventanal, de muchos metros de largo, mostraba el movimiento sinuoso y delicado de muchas personalidades que ya tuvieron su momento de gloria fotográfica en anteriores e idénticas celebraciones en “su honor”.
Una vez dentro, la tenue iluminación caracterizada por pequeños focos rojizos y la agradable música suave de piano, me condicionaron lo suficiente como para pensar que aunque fuera una patética idea, al menos tendría la ocasión de pasar una ocasión agradable. Pronto los rostros de personalidades ya consagradas de la ciudad me mostraban deferentes sus sonrisas, haciéndome sentir estúpidamente parte de ellos, de su grupo de élite social que tanto he repudiado siempre. Después de todo, me dije que no era demasiado malo si juzgaba por mí mismo y disfrutaba un rato. Escrutaría a la gente y trataría de atraer la atención e interés de alguien que pudiera ayudarme en mi carrera para consolidarme aquí y dar el salto a una gran ciudad. Era una idea repugnante en sí misma, pero era mejor no lamentar el desaprovechar oportunidades. Después de todo, ¿quién no ha chupado unos cuantos culos o incluso pollas? Quizá el fin justifique los medios...
El tiempo avanzó deprisa pues pronto atraje la atención de todos y cada uno de los presentes. A fin de cuentas yo era el protagonista y todos parecían conocedores de ello. Palabras desmesuradamente amables, sonrisas lascivas que podrían encerrar otras intenciones y que se mostraban igualmente rostros femeninos como masculinos. Aquellas gentes resultaban inexplicablemente cercanas y agradables. Lo más extraño de todo es que todos sin excepción daban la inquietantemente sensación de ser sinceros, y esa situación despertaba una incómoda sospecha en mi interior.
Las copas y los canapés se fueron acabando, la hora de la cena llegó y rápidamente nos fueron conduciendo hasta el comedor. El lujo cobraba en él su más clara representación; las paredes eran de mármol rosado rematado con columnas negras como el infinito. La mesa era magnífica, grandiosa, llena de cubiertos de plata escandalosamente brillantes, y rematada por una lámpara de araña, apagada, coronaba por incontables trozos de cristal y absurdas filigranas que debieron enloquecer a su hacedor. Había otra mesa de un lujo mucho menor situada cerca de la pared en perpendicularidad con la otra que estaba cubierta por un manto escarlata que ocultaba misteriosos manjares. La iluminación provenía de unas discretas velas situadas en las paredes, que transmitían un ambiente íntimo y encantador.
Distraído, deambulé por detrás de las sillas de ébano sin percatarme de que mi sitio ya estaba asignado, presidiendo tal homenaje a la suntuosidad. Me senté tímido, como pensando que hacía algo indebido a pesar de ver mi nombre allí escrito con letras cargadas. Pero por algún motivo me sentía como aterido por una sensación de torpeza y vergüenza infinitas que me impedían hacer un solo gesto con la esperada naturalidad, como si cepos de carne sudorosa me retuvieran.
En unos instantes los todos los comensales estaban sentados, como si tal ejercicio fuese algo de su costumbre. Hablaban por lo bajo con sus vecinos y dejaban escapar algunas miradas traviesas en mi dirección que me hacían ruborizar. Entró en escena nuestro anfitrión y todos guardaron un silencio sepulcral e incondicional de súbito y al unísono. Los instantes transcurrieron mientras las miradas de los presentes eran atraídas hacia el lado de la habitación que se hallaba en oposición diametral al lugar que yo ocupaba. Acto seguido hizo aparición un tipo encapuchado de torso generosamente musculado y desnudo, que se situó entre la mesa de la comida y la pared captando la atención de todos los comensales. “Para ser cocinero o camarero tiene un estilo particular”, pensé.
Con un gesto rápido y enérgico quitó la manta que cubría la mesa. Mi sorpresa fue total cuando lo que se descubrió bajo ella no era comida sino una mujer, joven, desnuda y atada con grilletes por las muñecas y los tobillos. Su piel blanca nívea contrastaba con el ébano de la mesa y su cabeza reposaba indicando que al menos se hallaba inconsciente. El hombre encapuchado a cogió de la barbilla y meneó su cabeza como si fuera un sonajero, con total falta de delicadeza. La chica abrió los ojos como con desorientación y miró en derredor. Enseguida su mirada se transformó en pánico mientras sus ojos orbitaban en todas direcciones. O era muy buena actriz o realmente le aterraba aquella situación. Abrió la boca, gesticulaba y mostraba sus dientes como tratando de gritar, pero ningún sonido brotaba de aquella garganta. El encapuchado cogió un hacha de carnicero enorme que debía pesar toneladas. El anfitrión habló y de pronto las caras de todos los presentes me regalaban su mirada demente y una sonrisa malsana.
-Es hora de que nuestro nuevo invitado participe en el banquete, o forme parte de él...
sábado, 21 de abril de 2007
Celebraciones cristianas...
No, no voy a reafirmar mi condición de ateo que despreciando y vejando por escrito esta ni otras de las, por mí tan odiadas, religiones. Eso quizá en otra ocasión (risas de esas de malo maloso)... Simplemente, me llama la atención como la hipocresía y la corrusión (mezcla de corrosión y corrupción) comercial llega a todos los putos lados de manera tan flagrante.
Y es que celebrar una comunión cuesta una pasta, del orden (según leí por ahí) de entre 2000 y 3500 euros; a saber: el convite, el trajecito inútil que sólo se pone una vez en la vida, la iglesia... En definitiva mucha pompa y mucha mierda, para que a la postre no sea más que un circo en el que los padres se flipan magnificando una celebración que en origen tiene un fondo religioso.
La religión se ha culturalizado y comercializado (entre otras perversiones) en algunos aspectos, de modo que estas comuniones al igual que otras celebraciones se han convertido en algo que la gente hace sin tener la más mínima mota de fe en ello. Es triste llevar a un hijo a un acto religioso por el cual no puede decidir, pero más aún es que en ocasiones ni los propios padres sean verdaderos creyentes, y gasten una fe de ateísmo práctico. Es una pantomima y una burla a la verdadera cristiandad y la gente que verdaderamente profesa esa fe. Es un ejemplo más de cómo el ser humano lo desvirtúa todo, y de cómo se hace negocio de todo cuanto lo que se puede deglutiendo la voluntad o la capacidad de decisión de las personas. Tal es la sociedad de consumo, tal es nuestra realidad como país de primer mundo grgrgrrrgrgrgrgrgrgrgr se man quitao las ganas de seguir escribiendo.
Y es que celebrar una comunión cuesta una pasta, del orden (según leí por ahí) de entre 2000 y 3500 euros; a saber: el convite, el trajecito inútil que sólo se pone una vez en la vida, la iglesia... En definitiva mucha pompa y mucha mierda, para que a la postre no sea más que un circo en el que los padres se flipan magnificando una celebración que en origen tiene un fondo religioso.
La religión se ha culturalizado y comercializado (entre otras perversiones) en algunos aspectos, de modo que estas comuniones al igual que otras celebraciones se han convertido en algo que la gente hace sin tener la más mínima mota de fe en ello. Es triste llevar a un hijo a un acto religioso por el cual no puede decidir, pero más aún es que en ocasiones ni los propios padres sean verdaderos creyentes, y gasten una fe de ateísmo práctico. Es una pantomima y una burla a la verdadera cristiandad y la gente que verdaderamente profesa esa fe. Es un ejemplo más de cómo el ser humano lo desvirtúa todo, y de cómo se hace negocio de todo cuanto lo que se puede deglutiendo la voluntad o la capacidad de decisión de las personas. Tal es la sociedad de consumo, tal es nuestra realidad como país de primer mundo grgrgrrrgrgrgrgrgrgrgr se man quitao las ganas de seguir escribiendo.
La Fiesta nacional, ¡vivan los toros y viva España!
Cayó ante mis ojos la noticia del niño ajusticiado por un toro gracias a que su padre decidió que la legislación Española no era lo suficientemente buena para él, y prefería adelantar un par de años el enfrentar a su hijo a la muerte. No sé si me horripila más que esta barbaridad carnicera se perpetúe en España (¡ole!) sin visos de ser prohibida, o el hecho de que un imberbe de 14 años, sin voluntad ni personalidad sea quien por propia iniciativa (curioso dato que su padre fue torero), decida lanzarse a estas prácticas patéticas y aberrantes.
Yo le daba 40 guantazos al padre y el doble al hijo, revés y envés alternativamente para aprovechar la inercia del movimiento, a ver si como producto y el efecto de este tratamiento cinemático/dinámico, se le aireaban los pensamientos, les volvía el riego a los lóbulos frontales y la cordura se despertaba en sus engurruñidos cerebros. ¿Cómo es posible que en los tiempos que corren que esta vergüenza para España aún exista y no contentos con eso encima haya gente que todavía lo avale? ¿Con qué derecho nos quejamos de los comportamientos de otros países si nosotros mismos nos hacemos esta publicidad al mundo, en la que decimos: SOMOS RETRASADOS?
El niño puede aseverar que ésta es su pasión (tal idea me parece simplemente vomitiva), y puede estar convencido de ello, pero sigue siendo un niño y estoy más que seguro que la mayoría de las facetas de su personalidad distan mucho de estar edificadas, o de por lo menos haber evolucionado mínimamente desde la puerilidad. El cerebro necesita tiempo para madurar, y a esas edades la moralidad prefabricada que se inculca en esta sociedad, muy probablemente no ha hecho efecto del todo.
Que un niño de 14 años no sea capaz de apreciar la vida de un animal y de respetarla como se merece es algo muy grave, porque eso quiere decir que no protegemos su inocencia suficientemente. Al final acabará tirado en el ruedo sangrando como un cerdo, con decenas de “asesinatos taurinos” a sus espaldas, y para colmo casi analfabeto. Si dios levantara la cabeza...; me cago en mi puta misantropía.
Yo le daba 40 guantazos al padre y el doble al hijo, revés y envés alternativamente para aprovechar la inercia del movimiento, a ver si como producto y el efecto de este tratamiento cinemático/dinámico, se le aireaban los pensamientos, les volvía el riego a los lóbulos frontales y la cordura se despertaba en sus engurruñidos cerebros. ¿Cómo es posible que en los tiempos que corren que esta vergüenza para España aún exista y no contentos con eso encima haya gente que todavía lo avale? ¿Con qué derecho nos quejamos de los comportamientos de otros países si nosotros mismos nos hacemos esta publicidad al mundo, en la que decimos: SOMOS RETRASADOS?
El niño puede aseverar que ésta es su pasión (tal idea me parece simplemente vomitiva), y puede estar convencido de ello, pero sigue siendo un niño y estoy más que seguro que la mayoría de las facetas de su personalidad distan mucho de estar edificadas, o de por lo menos haber evolucionado mínimamente desde la puerilidad. El cerebro necesita tiempo para madurar, y a esas edades la moralidad prefabricada que se inculca en esta sociedad, muy probablemente no ha hecho efecto del todo.
Que un niño de 14 años no sea capaz de apreciar la vida de un animal y de respetarla como se merece es algo muy grave, porque eso quiere decir que no protegemos su inocencia suficientemente. Al final acabará tirado en el ruedo sangrando como un cerdo, con decenas de “asesinatos taurinos” a sus espaldas, y para colmo casi analfabeto. Si dios levantara la cabeza...; me cago en mi puta misantropía.
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